Falla “el lobo en disfrazarse de oveja” (I)

Por Enrique Villareal Ramos, Contra Punto T.V.

Diversos intelectuales y analistas, no se diga entre sus propagandistas, aseguran que AMLO aprendió de sus campañas anteriores, al cambiar su tradicional imagen de rijosidad e intolerancia, por una que lo presenta como “conciliador, moderado y jocoso”, y también porque ha abandonado su ancestral sectarismo y fundamentalismo para dar un viraje al pragmatismo y al oportunismo, que abre la puerta de Morena a todos aquellos que luchan para “transformar México”. Como supuesta prueba de lo anterior se muestran las encuestas, que lo sitúan en primer lugar, la disminución de la percepción negativa, y la cargada de políticos y organizaciones de muy diversas filiaciones a su campaña.

Sin embargo, quienes ven “el árbol, pero no el bosque”, suelen olvidar que, más allá del calendario electoral, la campaña presidencial 2018 del expriista (iniciada desde el primer día del sexenio) ha tenido como sello principal (con variantes tácticas como recientemente) propiciar la polarización y la desestabilización del Estado. Así, el tabasqueño mantiene el respaldo a grupos violentos, por ejemplo, la CNTE, que le han reportado utilidad como grupo de choque en distintos estados, a cambio de abolir la Reforma Educativa, recuperar sus privilegios, retomar el control de la educación y recuperar sus bastiones de poder. Además, su bipolaridad política fue inocultable en el caso del PRD: pese a que se fue “a mano y en paz”, según declaró, se dedicó a torpedearlo, dividirlo, debilitarlo, desbandarlo y sabotear sus alianzas.

Aparte de esta evidente rijosidad de AMLO (para la cual sobran los ejemplos) y de su mesianismo y populismo, existen otras constantes en su comportamiento político que no ha podido esconder, por más que se disfrace de oveja en algunas coyunturas, al ser emblemáticas de su personalidad: 1) su mitomanía o consumado creador de fake news (el “compló”, la “guerra sucia”, el “fraude electoral”, etcétera), y de ocurrencias fantasiosas o peligrosas; 2) su victimismo crónico (no reconoce sus errores y derrotas, y culpa de sus fracasos a SalinasPeña, etcétera); 3) su intolerancia, especialmente a las críticas, no se diga a las denuncias sobre las corruptelas y crímenes de sus correligionarios o aliados, al descalificarlas como “ataques de la mafia del poder”.

Cuando los obradoristas celebraban que estos rasgos de su persona habían desaparecido, de nuevo el de Macuspana no pudo disimular su verdadero modo de ser: al llamar “mafiosos” a intelectuales y periodistas que le han criticado su oportunismo (carente de ética y rebosante de ambición de poder); al calificar de “maiceados y alcahuetes” a los ministros de la Suprema Corte, por haber rechazado la consulta sobre la Reforma Energética; al llamar “matraquero” de Meade al secretario de Defensa, Salvador Cienfuegos, a quien acusó de hacer “politiquería” por aceptar un doctorado honoris causa; al catalogar al presidente Peña de ser “el mayor huachicolero”, por comprar la gasolina en el extranjero…

La disculpa de AMLO a quienes “se sintieron ofendidos” no es sino otra de sus simulaciones: justificó sus dichos, dijo que seguiría respondiendo a las críticas “llamando a las cosas por su nombre”, y defendió su “lenguaje lapidario, porque le resulta útil”. Al no desdecirse, confirmó que su supuesto “cambio de imagen” es un mero ardid propagandístico. De igual forma, su oportunismo, lejos de ser nuevo, es la actualización de su vieja estrategia de pactar hasta con el diablo, a fin de llegar, cueste lo que cueste, a la Presidencia.

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